Aware

Aware o mono no aware (物の哀れ)  es una expresión japonesa que podría traducirse como sensibilidad hacia lo efímero, un sentimiento de nostalgia ante la pérdida irremediable de lo que fue y ya no es, de aquello que aparece en nuestra vida para desaparecer con una brevedad teñida de tristeza. Esta capacidad de conmoverse requiere una personalidad empática y sensible, no todo el mundo es capaz de emocionarse ante la visión de la flor de un cerezo que será barrida por la brisa al poco tiempo de haber nacido. En Genji Monogatari, una de las novelas más antiguas de la historia,  escrita a comienzos de siglo XI por Murasaki Shikubu, el término aware se menciona 1.018 veces. Federico Lanzaco en el excepcional libro “El Jardín Japonés” (Menene Gras Balaguer, editorial Tecnos 2015) citando a Kitayama Keita nos dice “Y se descubre por el sentimiento profundo que nos embarga al contemplar la hermosa mañana de primavera, y también en la tristeza que nos sobrecoge, al mirar un atardecer otoñal. Pero, ante todo, es un sentimiento de delicada melancolía que puede derivar en una profunda tristeza al sentir hondamente la belleza caduca de todos los seres de la Naturaleza”.

               —¿Ves este lugar? ¿Sientes algo especial? Hay un concepto de difícil traducción: fuzei, un soplo de sensibilidad, una respuesta emocional que a veces nos produce la naturaleza, y que el diseño de un jardín debe atesorar. Al igual que aware, que simboliza la esencia sentimental de una roca o de una flor con capacidad para que nos extasiemos ante la visión de su belleza.

                 Kumiko mira a su alrededor y luego dice:

                —El jardín japonés debe ser esa representación sutil de la naturaleza controlada. La admiración por una roca imponente y sagrada, la evocación de la emoción que tú y yo sentimos ahora aquí sentados.

“En el Jardín Japonés”, página 145

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Una novela de amor

Una novela de amor

En el Jardín Japonés es una novela de Eduardo Pérez Mulet publicada por la editorial Cuadernos de Langre (primera edición: diciembre de 2011, segunda edición en tapa dura: abril de 2012)

A través de la relación apasionada de Kumiko y Marco, el autor nos sumerge en una historia de amor entre una enigmática mujer japonesa y un psicólogo occidental que une su destino al de ella, debido a una extraña petición: “Construye para mí un jardín japonés”; Kumiko le transmite a Marco su obsesión de que su felicidad y su supervivencia dependen de ese jardín, y muestra a Marco la verdadera esencia del jardín zen japonés a través de enseñanzas “a veces sutiles como un soplo”. Hacer realidad ese deseo será el eje central de la relación amorosa. El relato gira en torno al destino, la pasión y la melancolía, con un sentimiento de profunda admiración por la cultura japonesa

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abril 14, 2015 · 11:50 am

En el Jardín Japonés

Los jardines japoneses ejercen una gran fascinación, especialmente en los occidentales, poco acostumbrados a su estética y desconocedores de su simbología. ¿Cuáles son los orígenes de este arte milenario? ¿Por qué algunos jardines están compuestos únicamente de rocas y gravilla y carecen de plantas o flores? ¿Tienen alguna conexión con lo místico y lo sagrado? A través de las páginas de esta novela se irá dando respuesta a estas preguntas y se desvelarán las claves que subyacen bajo la superficie de esa gravilla y de esas rocas. Pero este libro no es un tratado de jardinería, sino una historia de amor, un relato que narra la relación apasionada de Marco con una enigmática mujer japonesa. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Las cuatro estaciones

En Japón, debido a su climatología, se viven de forma muy marcada las cuatro estaciones shiki. Hay un aforismo que es “La única cosa permanente de este mundo es que cambia”: es decir, aceptar el cambio como algo intrínseco a la naturaleza del universo (en la época Heian, dicho concepto se simbolizaba con la estética mujôkan “lo efímero”). El cambio a través de las estaciones es un vehículo para mostrar esta filosofía, una filosofía que se manifiesta en la poesía, en la pintura o en los jardines: la luz verde e intensa de las hojas y el rubor de los pétalos del cerezo como signo de la primavera, los primeros colores del verano que llegan con la wisteria, el iris y las azaleas, el otoño, que rivaliza con la primavera en ser la estación preferida para los japoneses, con el rojo de los arces y la fragancia del osmanthus, el crisantemo que anticipa la llegada del invierno, siendo el pino el árbol más representativo de esta estación que otorga gran importancia a la nieve como elemento estético del jardín, un manto blanco y etéreo sobre las agujas de los pinos y las hojas del bambú (sekku o florecimiento del invierno), y árboles caducos como el ciruelo cuyas flores son las primeras del año (hatsu hana). Finalmente, el eterno retorno se completa con la llegada de una nueva primavera, plantas que florecen al final del invierno y continúan en primavera: camelia, magnolia y ciruelos, siendo este árbol como un enlace entre estas dos estaciones.

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El Jardín Japonés: Conceptos Clave I

El Jardín Japonés es, en el fondo, un reflejo del paisaje de Japón: una costa con innumerables islas, acantilados abruptos, un interior con cadenas montañosas, ríos y bosques y el viento que crea curiosas formas en los árboles, moldeándolos de una manera casi irreal. Hay un Estilo japonés, que supondría simplemente la incorporación de sus elementos típicos, como una linterna de piedra o una fuente con caño de bambú. Pero esto sería un simple punto de partida, la recreación genuina debe contemplar, sobre todo, el Espíritu japonés: aprende de la naturaleza y no la copies, interprétala, el jardín japonés es una obra de arte que utiliza materiales naturales para su construcción. Mientras que el diseño del jardín se deriva de una inspiración de la naturaleza, su creación sin embargo no es natural, surge de una reinterpretación, una idealización de esa naturaleza en la que permanecen la esencia de sus ritmos y de sus formas: la silueta de un pino azotado por el viento que nos habla de la perseverancia, el bambú vencido e inclinado que nos sugiere la capacidad de resistencia o el eterno retorno de la vida y la muerte escrito en los ciclos sin fin de las cuatro estaciones. Debe existir igualmente un balance entre lo salvaje y el control, entre la belleza natural y la mano del hombre. La naturaleza desata su furia en Japón a través de tifones, terremotos, tsunamis… y el ser humano trata de controlarlo; ese control se pone de manifiesto en la construcción del jardín, conviviendo con la cara más pacífica de la inspiración budista. Dicho control se percibe en el tratamiento de las plantas: esos pinos con la forma modificada para que parezcan víctimas del viento, un viejo ciruelo mantenido deliberadamente por el jardinero… Esta yuxtaposición se observa también por ejemplo en las vallas de bambú, confeccionadas de manera natural, pero reflejando la mano del   hombre, o en los chôzubachi, una piedra tosca pero tallada al mismo tiempo.

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El Jardín Japonés: Conceptos Clave II

Son varios los conceptos teóricos que ayudan a comprender un jardín japonés, claves interpretativas que nos pueden aportar luz sobre  su verdadera esencia:

SHIBUMI: Una cualidad espiritual opuesta a lo pretencioso. Una estética de belleza sencilla y nada pretenciosa. La atmósfera salvaje de la naturaleza que se puede crear en un pequeño espacio de tu jardín, por ejemplo con un poco de bambú.

YÛGEN: Cubrir, eclipsar la belleza, como una linterna de piedra u otro punto focal que es parcialmente ocultado con delicadeza por arbustos o plantas: la esencia del objeto se vislumbra  a través del verdor  vegetal. Yûgen se podría traducir como etéreo, misterioso, con un sentido de profundidad sutil, de simplicidad elegante, lo que yace bajo la superficie: lo sutil como opuesto a lo obvio. Evitar entonces lo obvio, buscar a cambio la sutileza de lo natural. Lo sugerido más que los aspectos claramente revelados; creación en el jardín de espacios ocultos, sombras, vistas parciales y ambientes misteriosos.

WABI/SABI: wabi se deriva de la palabra wabishii (solitario, miserable) y de wabiru (acongojarse, preocuparse) y sabi de la palabra sabishii (pátina del tiempo, elegante simplicidad); estos vocablos pertenecen a la época Momoyama, describen una forma de belleza que los maestros de la ceremonia del té encuentran en materiales comunes utilizados de manera refinada. Objeto viejo que irradia un sentimiento de edad e historia, como unas viejas rocas erosionadas por el paso de los siglos, una elegancia y un refinamiento que otorga el tiempo vivido con dignidad.

FUKINSEI: Asimetría, el principio que controla el equilibrio de una composición es siempre asimétrico. A diferencia del canon de belleza occidental y el concepto griego de la simetría en todos los casos, aquí prima la irregularidad, la división de espacios de manera no simétrica.

KANSO: Simplicidad, ausencia del adorno; lo verdadero en la naturaleza es simple y carece de ornamentos artificiales o exagerados.

SEIJAKU: Quietud, calma, silencio. La paz que se siente al penetrar en un jardín japonés representa este principio del Seijaku, la tranquilidad prevalece y toda perturbación permanece fuera de los límites del jardín, no hay lugar para las preocupaciones, debe ser un espacio de sosiego y de purificación.

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Karesansui

Karesansui es el término que se utiliza para definir un jardín seco que se suele construir en espacios cerrados y llanos. Apenas tienen plantas, utiliza rocas que sugieren montañas, puentes de piedra y escenarios prestados o “shakkei”; son jardines austeros y abstractos y están diseñados para ser contemplados en un sitio cerrado. Las cascadas, estanques y riachuelos secos, si están bien construidos poseen la misma función ascética y el mismo impacto emocional que el agua: los patrones de gravilla rastrillada a modo de olas o de un flujo suave del agua, pueden sugerir cualquier clase de movimiento fluido, desde un río torrencial a olas. Los jardines karesansui se empezaron a utilizar para meditar, pero no tanto como se piensa ya que el brillo de la gravilla dificulta la concentración; sin embargo, el mantenimiento y la tarea del rastrillado, tiene cierto componente zen: requiere meticulosidad y exige mucha concentración. Existe también otra conexión entre el budismo zen y estos jardines: su naturaleza alegórica, como la que se da por ejemplo en el jardín de Daisen in (montañas profundas y misteriosos valles “shinzan-yûkoku” que expresan el sentido de vida y verdad que están en la naturaleza salvaje). El karesansui refleja dos ideales estéticos de la época Muromachi: “Yûgen”: simplicidad elegante y profunda y “Yohaku no bi”: la belleza de la superficie vacía.
Cogió el rastrillo de madera y, lentamente, trazó surcos concéntricos alrededor de la roca vertical más grande del jardín seco o karesansui. Desde lugares más o menos remotos de la urbanización, le llegaban las risas intermitentes de los niños, el tráfico rumoroso de la autovía y el griterío de las golondrinas regresando incansables una y otra vez a los nidos situados en los aleros de los tejados. Después de terminar con la primera roca hizo lo mismo con las demás. Rastrillar la gravilla hacía que el tiempo se detuviera, incrustando sus cavilaciones más sombrías entre las oquedades de unos surcos que parecían las olas del mar golpeando islas dispersas.
“En el jardín japonés” páginas 223, 224daisenin1
jardín de Daisen in, Daitoku-ji, Kyoto

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Byodo In

El templo de Byodo In es uno de los pocos exponentes que se conservan del período Heian (794-1185) y fue construido en el año 1052 por el emperador Fujiwara no Yurimichi. Al año siguiente construyó el Salón del Fénix en una isla de un estanque para albergar la estatua del Buda Amida. Este templo y su jardín adquieren una gran importancia en el desarrollo de la novela “En el jardín japonés”, y para Kumiko, su protagonista, tendrá consecuencias inquietantes. He aquí un fragmento:

Kumiko se levanta de la mecedora y abre la ventana para renovar el aire de la habitación. Sus movimientos son pausados, elegantes: posee una delicadeza en sus actos y en sus modales que se manifiesta hasta en los gestos mas nimios. Se echa en el sofa y colocando sus pantorrillas sobre los muslos de Marco continúa hablando.                                                 

—Byodo-in tiene casi mil años de antiguedad y representa el paraíso de la Tierra Pura del Buda Amida. El templo, llamado el Salón del Fenix porque su forma recuerda a un ave fénix con las alas extendidas, aparece en las monedas de diez yenes. Llevamos una media hora paseando por los alrededores y sin darme cuenta, tan absorta como estaba, me he despistado un momento y me he quedado sola. Me acerco al estanque del jardín, con la silueta del Salon del Fenix reflejandose majestuosa en el agua. Es un dia de verano con un cielo encapotado y opaco. Está lloviendo. De hecho, lleva toda la semana lloviendo porque estamos en junio y es la temporada de lluvias tsuyu. Con este clima tan revuelto no hay practicamente gente visitando el jardin de Byodo-in, un par de turistas despistados y algún fotografo que quiere retratar la belleza del jardín con el añadido nostálgico de la lluvia. A medida que camino hacia el borde del estanque comienzo a sentir nauseas; un reflujo amargo me sube por la garganta y los árboles que tengo frente a mí, en el horizonte, se borran hasta desaparecer. A pesar de estar perdiendo el conocimiento, no me detengo y sigo andando atraída por una corriente poderosa que desde el centro del estanque tira de mí con fuerza. Mis padres y mi hermano Kento estan en la parte opuesta del recinto y no se dan cuenta de que estoy a punto de precipitarme en esa masa de agua oscura y amenazante. “En el jardín japonés” páginas 95-96.

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Pino, bambú y cerezo

Tres de las especies más utilizadas en los jardines japoneses, y que juntas adquieren el simbolismo de la felicidad, una combinación que se denomina “los tres caballeros” (shô, chiku, bai).

El pino como imagen de longevidad, su característica perenne que representa lo que permanece (matsu/pino es un verbo que significa “esperar”) en contraste con los aspectos más cambiantes de la naturaleza. Pino negro (kuromatsu), o pinus thunbergii que significa lo masculino (on matsu) y también el mar, en contraposición con el pino rojo (akamatsu) o pinus densiflora (men-matsu), representación de lo femenino y símbolo de las montañas. Ambos se podan escrupulosamente para recrear las formas naturales que crean los fuertes vientos de la costa.

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El bambú, muy utilizado en la confección de vallas y cerramientos de jardín, también se usa en los jardines como planta viva, con cuidado porque es una especie muy voraz; en la pintura sumie es un motivo recurrente: su tronco de una manera metafórica para el zen representa el corazón vacío o mushin.

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El cerezo y el ciruelo como símbolo de lo fugaz y lo evanescente. En la edad media, la vida de los samuráis se comparaba con la brevedad y con la grandeza de las flores del ciruelo. Es un árbol muy querido en Japón y cuya floración es seguida y admirada hasta el punto de organizar encuentros sociales bajo sus ramas para contemplar la belleza efímera de sus flores. 

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El monte Horai de los inmortales

A través de la estética y de aspectos especiales del diseño, los creadores de jardines imbuían su trabajo de significados profundos e imágenes simbólicas; esta simbología juega un importante papel como arte metafísico en los jardines. Es frecuente incorporar imágenes del budismo y del sintoísmo, como una tríada de rocas que representa a Buda y a sus ayudantes. El símbolo más común de “larga vida” y “buena fortuna” son las imágenes de la isla-montaña Horai (donde viven los inmortales), muy asociada también a la figura de la tortuga y de las grullas. Esta imagen de Horai se crea colocando de manera inusual una roca solitaria y vertical en un estanque o en un jardín seco. En la novela está muy presente esta mitología, y se habla del monte Horai en varios momentos, he aquí uno:

—Esa es la isla de la grulla, la de mas alla es la de la tortuga y la otra representa el monte Horai.

Aunque Kano conocia perfectamente el mito del monte Horai, conmovido por la vehemencia del joven, lo tiró de la lengua: —.Que sabes sobre Horai?

—Al principio de los tiempos, los chinos creían que frente a la costa de Shandong, habia cinco islas de ensueño con montanas que tenian miles de kilometros de altura donde vivian los Inmortales. Estos seres guardaban el tesoro mas preciado: el de la eterna juventud —explico Koremitsu.

Kano, sentado sobre una piedra y protegiéndose del sol gracias a la sombra de los frondosos arces que se elevaban a su alrededor, escuchaba al joven con atencion.

—El primer emperador chino estaba convencido de la existencia de las Islas de los Inmortales, asi que envio diferentes expediciones en su busqueda. Al no obtener resultado, decidió construir en medio del lago de su jardín una replica de las Islas de los Inmortales para atraerlos hasta allí. Con el correr de los siglos, estas creencias viajaron hasta Japón reduciéndose las cinco islas a una: la isla del monte Horai o Sumisen. A veces esta isla se representa también con forma de tortuga o de grulla.

—Excelente explicación. Por eso en tantos jardines se erigen esas islas o esas rocas verticales, para representar el monte Horai de los Inmortales, o el paraíso de la Tierra Pura de Amida Buda —replico Kano.

(“En el Jardín Japonés”, página 132)

Jardín frente al Hojo del templo zen Tofukuji en Kioto

Tofokuji zen

 

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